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Discurso “Entregado” del Santo Padre al Dicasterio para la Comunicación

Discurso “Entregado” del Santo Padre a los participantes en la Asamblea Plenaria del Dicasterio para la Comunicación, 23 de septiembre de 2019.

Discurso “Entregado” del Santo Padre a los participantes en la Asamblea Plenaria del Dicasterio para la Comunicación

23 de septiembre de 2019

Queridos hermanos y hermanas,

Les doy la bienvenida y agradezco por las palabras que me ha dirigido en nombre de todos, al Dr. Paolo Ruffini, Prefecto del Dicasterio, que preside por primera vez la Asamblea Plenaria. Algunos de sus rostros me resultan más familiares, porque me acompañan en mi actividad diaria y en los viajes apostólicos. Sé, sin embargo, que hay muchas otras personas que también viven su semana laboral al ritmo de los compromisos del Papa. Pero lo hacen “detrás del escenario”, poniendo en su trabajo, al servicio de la Iglesia, toda su profesionalidad y creatividad, su pasión y discreción.

¡Estoy feliz de poder verlos hoy a todos juntos y agradecerles por lo que están haciendo! Gracias a vuestro trabajo, muchas personas son animadas en su camino de fe y muchas son invitadas a la búsqueda y al encuentro con el Señor. Gracias a vuestro trabajo, el Papa habla en casi cuarenta idiomas – ¡es un verdadero “milagro pentecostal”! Gracias a ustedes, el Magisterio del Papa y de la Iglesia se lee en papel, se escucha en la radio, se ve en las redes de televisión y en los sitios web y se comparte a través de las redes sociales, en un mundo digital cada vez más convulsionado.

Es la primera vez que los encuentro a todos juntos desde que, hace cuatro años, se inició el proceso de unificación en un nuevo Dicasterio de la Curia Romana todas las realidades que, de diversas maneras, se ocupaban de la comunicación (cf. Motu Proprio L’attuale contesto comunicativo, 27 de junio de 2015). Las reformas son casi siempre afanosas, y también aquella de los medios de comunicación del Vaticano lo son. Puede que haya habido algunos tramos de camino especialmente difíciles, puede que haya habido algunos malentendidos, pero estoy contento de ver que el camino va adelante con previsión y con prudencia. Sé el esfuerzo que han hecho para hacer el mejor uso de los recursos que les han sido confiados, conteniendo los costos improductivos.

Para la Iglesia, la comunicación es una misión. Ninguna inversión es demasiado alta para difundir la Palabra de Dios. Al mismo tiempo, todo talento debe ser bien empleado, hecho para dar fruto. También en esto se mide la credibilidad de lo que decimos. Además, para permanecer fiel al don recibido, hay que tener el valor de cambiar, no sentirse jamás realizado, ni desanimarse. Es necesario siempre ponerse en juego, salir de sus propias falsas seguridades y aceptar el reto del futuro. Avanzar en el tiempo no es apagar la memoria del pasado, es mantener vivo su fuego.

He visto el trabajo que han hecho. Lo veo todos los días. Por esto hoy quisiera agradecer a Dios junto con ustedes por la fuerza que les ha dado y que nos da. La memoria agradecida por todo lo que ya se ha realizado y la conciencia del esfuerzo común los llene de fuerza para seguir adelante en este camino.

En realidad, nuestras fuerzas por sí solas no son suficientes. Lo decía ya 55 años atrás San Pablo VI recibiendo a los miembros de la primera Asamblea Plenaria de lo que entonces se llamaba la Comisión Pontificia para las Comunicaciones Sociales. Reconocía cuanto nuestras fuerzas eran limitadas frente a este inmenso campo de la comunicación. Pero es precisamente por esto – decía – que es necesario «pensar en otro orden de fuerzas, en otro modo de juzgar las cosas; orden y modo, que vamos a estudiar a la escuela del Señor. […] Un pensamiento de fe debe, pues, sostener la pequeñez de nuestros humildes esfuerzos […]. Cuanto más nos convirtamos en instrumentos en las manos de Dios, es decir, pequeños y generosos, más aumentará la probabilidad de nuestra eficacia». (Enseñanzas II [1964], 563).

Sabemos que desde entonces los retos en este ámbito han crecido exponencialmente y que nuestras fuerzas siguen siendo insuficientes. El desafío al que están llamados, como cristianos y como comunicadores, es verdaderamente grande. Y precisamente por eso es hermoso.

Por eso me alegra que el tema elegido para esta Asamblea sea “Somos miembros unos de otros” (Ef 4,25). Vuestra, nuestra fuerza está en la unidad, en el ser miembros unos de los otros. Sólo así podremos responder cada vez mejor a las exigencias de la misión de la Iglesia.

En el Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de este año, que lleva el mismo título, escribía que «una comunidad es tanto más fuerte cuanto más es cohesionada y solidaria», cuanto más «persigue objetivos comunes. La metáfora del cuerpo y los miembros nos lleva a reflexionar sobre nuestra identidad, que está fundada en la comunión y la alteridad. Como cristianos, todos nos reconocemos miembros del único cuerpo del que Cristo es la cabeza», y «estamos llamados a manifestar esa comunión que define nuestra identidad de creyentes. Efectivamente, la fe misma es una relación, un encuentro; y mediante el impulso del amor de Dios podemos comunicar, acoger, comprender y corresponder al don del otro».

La comunicación en la Iglesia sólo puede que ser caracterizarse por este principio de participación y compartir. La comunicación es verdaderamente eficaz sólo cuando se convierte en testimonio, es decir, una participación en la vida que nos es donada por el Espíritu y nos hace descubrir en comunión unos con otros, miembros unos de otros.

San Juan Pablo II escribía en su Carta Apostólica el rápido desarrollo: «Tanto la comunicación en el seno de la comunidad eclesial, como la de Iglesia con el mundo, exigen transparencia y un modo nuevo de afrontar las cuestiones ligadas al universo de los medios de comunicación. […] Es éste uno de los campos donde se requiere mayormente la colaboración entre fieles laicos y pastores, ya que, como subraya oportunamente el Concilio, “de este trato familiar entre los laicos y pastores se esperan muchos bienes para la Iglesia, […] de suerte que la Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, pueda cumplir con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo (Lumen gentium, 37)». (n. 12).

Por eso los animo a continuar, en vuestro trabajo cotidiano, a trabajar cada vez más en equipo, en esta colaboración entre laicos, religiosos y sacerdotes de muchos países, de muchas lenguas, que hacen tanto bien a la Iglesia. Que el estilo mismo de su trabajo sea un testimonio de comunión.

Los animo también, más allá de los trabajos de esta Asamblea Plenaria, a buscar con ingenio y creatividad todos los modos para fortalecer la red con las Iglesias locales. En este sentido, los animo a que fomenten la formación de ambientes digitales, en los cuales se comunique y no sólo se conecte.

Sé que recientemente este Dicasterio ha promovido algunos instrumentos concretos para que crezca entre las Iglesias locales y el Dicasterio la circularidad de la comunicación al servicio de todos. Sé que tienen nuevos proyectos, a los cuales ciertamente no faltará el apoyo del Papa. A través de vuestro trabajo ustedes participan en el servicio de la unidad de la Iglesia y en la coordinación de la comunicación de toda la Curia Romana. Debemos caminar juntos. Debemos saber interpretar y orientar nuestro tiempo. Que la comunicación eclesial sea verdaderamente la expresión de un único “cuerpo”.

Gracias a cada uno de ustedes, gracias también a sus familias y comunidades. Les pido, por favor, que oren por mí, y de corazón los bendigo.

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